Cuentos cortos con mensajes positivos para los estudiantes de primaria

La historia de Natalia
Natalia es una niña de nueve años de edad, feliz y saludable. Le gustaba ir a la escuela y destacaba en todos los deportes siempre era la primera en ser elegida cuando se trataba de formar equipos, pues el que contaba con ella solía ganar. Pero un día su equipo de baloncesto perdió.
Aquel día al regresar a la casa, Natalia echaba chispas.
– ¡Todo ha sido culpa de Marta! – se quejó ante su padre.
– ¿Por qué? – preguntó éste- ¿Qué ha hecho?
– ¡Nada! Eso precisamente. No tiene ni idea. No sabe defender, ni encestar, ni siquiera pasar la pelota. No hace bien nada. Yo no vuelvo a jugar en el mismo equipo que ella.
– Pero, Natalia… – le objetó suavemente su padre- , las personas son diferentes: no todos sirven para las mismas cosas. Y es bueno que así sea. No tenemos que destacar en todo cuanto probamos. ¿No fue precisamente Marta quien consiguió el mes pasado el segundo premio en los trabajos de ciencias naturales? –Natalia asintió en silencio-. Tú te pasaste semanas preparando el tuyo: te esforzaste muchísimo, pero no conseguiste ningún premio. ¿Cómo te sentiste entonces? ¿Lo recuerdas?
– Bastante mal – respondió Natalia mirando a su padre.
– Algunas personas valen para determinadas cosas, pero no para otras. Te apuesto a que Marta puso hoy todo su interés en jugar bien. ¿Cómo crees que se sentirá ahora?
– No muy bien, supongo – reconoció Natalia -. A lo mejor necesita que alguien le dé ánimos. Creo que voy a llamarla. Podría practicar con ella tiros a canasta y quizás ella me ayude en mi próximo trabajo de ciencias.
– Has tenido una idea estupenda – dijo el papá de Natalia sonriendo.
Piénsalo tú también. ¿Hay cosas que haces mejor que tus amigos, o de forma distinta a como ellos las hacen?

La historia de Esteban
Esteban tiene 10 años y cecea al hablar. Por eso resulta a veces un poco difícil entenderle. Una tarde vuelve a la casa muy alterado.
– ¿Qué te ocurre, Esteban? – le pregunta su padre al verle entrar corriendo en la cocina.
– ¡Ay papá…! – se lamenta Esteban -. Los chicos del barrio se burlan de mi forma de hablar. Y me siento muy desgraciado.
– Pero, cariño – interviene la madre – , seguro que no pretenden mostrarse crueles contigo. Es sólo que no comprenden la dificultad que tienes y lo mucho que te has esforzado en superarla. Nosotros sí lo sabemos y pensamos que eres fenomenal. Deja de preocuparte, hijo mío.
– ¿Sabes, Esteban? – le dice su padre -. Hay muchas personas que han tenido que vencer dificultades como la tuya…, gente muy importante. Hubo una vez un rey de España que no sabía pronunciar la c y seseaba siempre. ¡Imagínate!; nadie se atrevía a burlarse de él y, para evitar que el rey pensara que le criticaban, todos los cortesanos empezaron a hablar de la misma forma. Todavía hoy hay mucha gente, como los andaluces, que mantienen esa costumbre. Y se habla el español en América.
Esteban se ríe.
– ¿De verdad, papá?
– Lo he leído en algún libro – le respondió su padre -. ¿Por qué no vamos mañana a la biblioteca a ver si averiguamos cosas acerca de otras personas famosas que tuvieron dificultades para expresarse? Seguro que te ayudaría saberlo, ¿verdad? Y, si quieres, podrías asistir a algunas clases más de dicción.
– Me encantará, papá. Estoy impaciente por contar a los otros niños lo que averiguamos en la biblioteca.
¿Y tú? ¿Te sentirías mejor si supieras que eso que te hace distinto hizo también diferentes a otros?

La historia de Sole.
Sole tenía diez años y cursaba el cuarto grado en una escuela de la ciudad a la que asistían niñas blancas y negras. Sole era negra. Algunas de sus mejores amigas eran blancas y otras negras.
Esto era un grave problema para Sole, porque sus amigas blancas hacían siempre un grupo aparte, y lo mismo sus amigas negras. Sole quería ser amiga de todas, pero se sentía dividida entre los dos grupos, sin saber qué hacer.
Un día Sole se lo contó a su madre y le pidió consejo.
– Es duro para mi, mamá, porque a veces quisiera estar con mis dos grupos de amigas a la vez y no puedo. Me encuentro en el medio y no sé qué camino tomar.
– No quieres renunciar a ninguno de los dos grupos ¿Verdad? – le preguntó su madre.
– Eso no, mamá. Las quiero mucho a todas y ellas también me quieren a mí.
– Pues me parece que sólo tienes dos opciones: o consigues que tus amigas se mezclen entre sí un poco más, o habrás de resignarte a tener dos grupos distintos de amigas.
– ¿Cómo podría lograr que se mezclaran, mamá?
– ¿Qué tal si de vez en cuando invitaras a venir a la casa a unas cuantas, de forma que coincidan niñas de los dos grupos? Tal vez eso las animaría a borrar diferencias.
– ¿Y si eso no funciona? – preguntó Sole.
– Pues tendrás que aceptar la situación – respondió la madre -. Mucha gente tiene amigos que ni siquiera se conocen entre sí. No hay nada de particular en ello.
Con todo esto, Sole se sintió algo mejor. Decidió esforzarse de verás en unir a todas sus amigas, pero si no lo lograba, comprendería que eran diferentes y procuraría seguir relacionándose con ambos grupos.
¿Qué harías tú si a algunos de tus amigos no les gustaran otros amigos tuyos?

La historia de Ramón.
Cuando Ramón tenía siete años los médicos descubrieron que padecía leucemia. El niño demostró mucho coraje enfrentándose con su enfermedad. Después de un año de tratamiento en el hospital pareció que todo iba a ir bien.
Ramón estaba muy contento de volver a la vida normal, pero había un detalle que le hacía sentirse distinto e incómodo ante los demás chicos: a consecuencia de los tratamientos de quimioterapia había perdido el cabello. Tenía la sensación de que sus compañeros le miraban como si fuera un bicho raro.
Su mamá le dijo:
– Son imaginaciones tuyo. Te lo parece porque sabes que no tiene pelo. Y es normal que así sea. Pero has de hacerte cargo de que se te ha caído a consecuencia de la medicación. Volverá a crecer en seguida.
– Ya lo sé, mamá – respondió Ramón -. Pero, aún así, no estoy a gusto con los chicos del barrio. Siento que me miran como si fuera una especie de monstruo. A veces preferiría no salir de la casa.
– Los chicos del barrio te aprecian, Ramón. Probablemente tienen curiosidad por lo que te ha pasado, pero no se atreven a preguntarte directamente por tu enfermedad. Las apariencias no influyen para nada en su afecto por ti. Seguro que les importa tan poco tu aspecto como el suyo a ti. Te ha tocado superar una de las pruebas más difíciles con que puede enfrentarse una persona – prosiguió su madre -, y has sido muy valiente y muy fuerte. Estoy convencida de que tus amigos te admiran muchísimo por ello, aunque no te lo digan. Eres un chico muy especial, pero que muy especial. No lo olvides nunca.
Ramón se dio cuenta de que tal vez a los otros chicos les traía sin cuidado su aspecto. Después de todo, se lo pasaban muy bien juntos. Y eso era todo lo contaba de verdad.
¿Y tú? ¿Qué le diría a Ramón si fuera amigo tuyo?

La historia de Daniela
Con sus nueve años recién cumplidos, Daniela acababa de empezar el tercer grado de la escuela. Llevaba como 2 semanas yendo a clases, cuando una mañana le dijo a su madre que se encontraba mal y que quería quedarse en la casa. La madre le puso el termómetro. No tenía fiebre.
– Mira, Daniela – le dijo su madre -, a mí me parece que estás bien. ¿Ocurre algo en el colegio por lo que prefieras no ir hoy?
– No, mamá – respondió Daniela, y añadió que todo iba muy bien en el colegio.
– ¿Estás segura? – insistió preocupada la madre.
Al final Daniela tuvo que admitir que había algo que la preocupaba.
– En la clase de gimnasia, mamá… No me salen bien cosas que hacen todas las demás niñas. Cuando jugamos a lanzamos la pelota, me cuesta mucho atraparla y la paso todavía peor.
– Bueno Daniela… Quizás sea que no coordinas tus movimientos tan bien como las demás niñas. Procura esforzarte al máximo, y ya está.
– Pero hace que me sienta muy torpe y muy boba, mamá – contestó Daniela -. No sé cómo arreglármelas.
– Mira, hija; no hay nadie que haga todas las cosas bien. A lo mejor resulta que el deporte es tu punto débil. Tienes 2 posibilidades: o entrenarte a lanzar y parar hasta que te salga perfectamente, o decidir que el deporte no es lo tuyo y concentrarte en otras cosas. Hay muchas cosas que haces muy bien. En fin… y, si quieres practicar un poco con la pelota, jugaré contigo más tarde.
A Daniela se le pasaron sus males.
– ¡Gracias, mamá! Podemos practicar hoy después del colegio.
– ¿Y tú? ¿Eres bueno en deportes?

La historia de Nacho
Nacho tenía nueve años y un fantástico toque de balón para el fútbol. Disfrutaba con ese juego más que con ninguna otra cosa en la vida. Padecía de un defecto congénito en el labio superior; pero ya lo había asumido y no le daba la menor importancia.
Cierto día, al regresar después de un partido, su madre advirtió de inmediato que venía de muy mal humor.
– ¿Qué te ha ocurrido, Nacho? – le preguntó – . ¿Perdiste el partido?
– No, hemos ganado – respondió Nacho muy enfadado – . pero estoy muy disgustado por algo que ha sucedido durante el juego.
– ¿De qué se trata?
– ¡Nada! Que un par de chicos del otro equipo han empezado a burlarse de mi labio. ¡Eso no es justo, mamá!
– Pero, Nacho… Seguro que esos chicos lo hacían porque eres el mejor jugador de tu equipo. Trataban de distraerte. Debieron de pensar que, si conseguían hacerte enfadar, tal vez no estarías tan atento al juego. Es una bajeza y una crueldad, pero quizás alguna vez han conseguido con eso herir a alguien y así han podido ganar el partido. Tú ya sabes que tienes ese defecto en tu labio y de ordinario no te causa ningún problema. ¿Te influye para jugar mejor o peor al fútbol?
– No, ¡claro que no! – respondió Nacho.
– Exacto. Juegas bien porque eres muy rápido y muy hábil. Tu labio es sólo una parte exterior de ti, y no lo que realmente importa; no lo que eres por dentro.
– ¡Gracias, mamá! – exclamó Nacho – . ayuda mucho poder decírselo a alguien. Ahora ya me siento mejor. Y te aseguro que esos chicos no volverán a hacerme pasar un mal rato.

¿Se han burlado de alguien de ti porque se te ve diferente?

La historia de Eli

Eli, Isabel, contaba once años de edad y vivía en un hermoso barrio residencial de la ciudad donde abundaban las grandes casas con jardín. A la niña le hacía gracia que, en alguna ocasión, cuando otros niños le habían preguntado dónde vivía, al mencionarles el lugar, alguno de ellos hubiera comentado:
– ¡Uau! ¡Debes ser muy rica!
La gracia estaba en que, como muy bien sabia Eli, sus padres no eran ricos. Vivían en un barrio de gente adinerada, sí, pero su padre era jardinero y se ocupaba de cuidar muchos de aquellos céspedes y jardines de ensueño.
A veces Eli lamentaba que su familia tuviera una posición menos acomodada que la de sus vecinos. En el colegio, la mayoría de las niñas llevaban ropas muy caras y siempre parecían tener mucho dinero en sus monederos. Muchas de ellas pertenecían a un club hípico e incluso tenían caballos propios. ¡Un caballo…! No había nada que Elí deseara tanto.
En cierta ocasión, Eli le preguntó a su madre por qué ella era tan distinta a sus compañeras de clase.
La madre advirtió inmediatamente a qué se refería.
-¿Quieres decir por qué no somos ricos? – le dijo – . En realidad, Eli, tampoco somos lo que se dice pobres… Tenemos todo lo que hace falta, todo lo necesario para vivir. Comprendo que envidies a algunas niñas de tu clase por lo que tienen, pero nosotros no podemos permitirnos muchos lujos.
– ¡Ojalá fuéramos ricos, mamá! – exclamó Eli -. Podría tener un caballo y salir a cabalgar con las otras niñas del colegio.
– Debes contentarte con lo que tenemos, Eli – le advirtió su madre – . La riqueza no hace mejores a las personas. Lo que más importa de todo es lo que eres por dentro, la clase de persona que eres. ¿No es cierto que tus amigas te aprecian por ti misma? ¿Cambia algo las cosas el que no seas rica?
– Bueno… – reconoció Eli -. A mis amigas de verdad no les importa si soy rica o no. Pero hay algunas niñas en la clase que son muy desdeñosas. Actúan como si midieran a la persona por lo que tienen.

- Siempre habrá gentes así, Eli. Pero los que más cuentan son los que saben apreciar a uno por lo que es. De veras.
– Ya lo sé, mamá y trataré de tenerlo presente. Pero ¡Sería maravilloso tener un caballo…!
Madre e hija se echaron a reír a la vez.
¿Y a ti? ¿Se te ocurren cosas más importantes que ser rico?

La historia de Loren.
Loren tiene diez años. Cuando tenía ocho su familia se traslado desde México a España y se instaló en los alrededores de Madrid. Loren añora México. Guarda recuerdos muy gratos de su país. Aunque Madrid le gusta también mucho.
Pero hay algo que no soporta: que sus amigos y sus condiscípulos le gasten bromas acerca de su acento y se rían cuando emplea palabras que ellos no entienden.
Loren ha tratado de cambiar su forma de hablar, pero le resulta sumamente difícil pasar por un español. Hoy en la mesa, les ha preguntado a sus padres por qué le cuesta tanto hablar exactamente igual que sus compañeros de clase.
– ¿Se ríen de tu acento, Loren? – quiere saber su padre.
Loren dice que sí y les confiesa que le sale muy mal. Se siente distinto de los demás niños y desearía evitarlo.
– Tener un acento propio es algo de lo que uno puede estar orgulloso, Loren – le dice su madre – . significa que eres especial, y forma parte de ti. A tus amigos les gusta como eres, ¿No?
– Sí, pero a veces también me hacen bromas por mi forma de hablar.
– No veas en ello mala voluntad, Loren – es el padre quien habla – . Lo que ocurre es que tu acento les llama la atención. Te hace más interesante: especial.
– No lo había pensado, papá.
– ¿Por qué no les enseñas algunos regionalismos y palabras propias de México? – le sugiere su padre-. Exagera tu acento, y usa palabras de allá. Ya verás como los desarmas. Casi podrías crear tú y tus amigos un lenguaje secreto que los demás no entiendan.
A Loren le parece una idea estupenda. Y a sus amigos se lo parecerá también, sin duda.
¿Conoces a alguien que hable con acento? ¿De dónde es?

La historia de Pati
Cuando Pati tenía ocho años le pusieron gafas por primera vez. Al principio se sintió muy feliz, porque ahora veía con mayor claridad podía leer más fácilmente. Y la lectura era su gran afición.
Pero cierta tarde al regresar de la escuela, cuando su madre le entregó un libro de cuentos que su padrino le había enviado por correo como regalo, vio con sorpresa que Pati se echaba encima del sofá y se ponía a mirar por la ventana en lugar de leer.
– ¿Ocurre algo, Pati? – le preguntó.
– Nunca volveré a ponerme esas tontas y ridículas gafas. ¡Nunca!
La madre se sentó a su lado.
– ¿Por qué no, cariño? Creía que te gustaba llevarlas.
– Pues no – refunfuño Pati – . Las odio. Parezco boba con ellas, como si tuviera cuatro ojos o algo así.
– ¡Ya! – dijo la madre – . ¿Te ha dicho eso alguien en la escuela? – Pati asintió en silencio, y entonces su madre prosiguió – : Te imaginas que llevar gafas te hace distinta de tus compañeras… Pero las lleva muchísima gente, Pati. Fíjate.
La mamá de Pati tomó una revista de modas y empezó a hojearla. Había muchas fotografías de mujeres muy hermosas que llevaban gafas.
– No parece que tengan cara de bobas, ¿verdad? –preguntó mostrándoselas a Pati.
– No, creo que no.
– Sin gafas no podrías leer tan bien como lo haces. El que te dijo que eran ridículas no sabía lo útiles que son.
– ¡Ay, mamá! Haces que me sienta mucho mejor. En realidad, no me importa lo que piense la gente, con tal de poder leer bien.
Y, poniéndose en pie de un salto, marchó a su habitación con su nuevo libro debajo del brazo para empezar a leerlo inmediatamente.
¿Y tú? ¿Llevas gafas? ¿Te gastan bromas por ello?

La historia de David
David había cumplido nueve años y estaba en tercer grado. Cuando tenía cinco años, su papá y su mamá le explicaron que lo habían adoptado de recién nacido.
Hoy regresaba de la escuela muy raro. Su madre no tardó en advertirlo y le preguntó si había pasado un buen día.
– Bueno… Un par de niños se han estado metiendo conmigo porque soy adoptado. ¡Ojalá supiera quiénes fueron mis verdaderos padres! El no saberlo hace que me sienta extraño.
– ¿Por qué razón, David? ¿Por qué te produce esa sensación el hecho de haber sido adoptado?
– No…, es sólo que me veo diferente de los otros chicos.
– Todos los somos en algún aspecto, David – le dijo su mamá -. Y la adopción no es una cosa terrible, sino algo maravilloso. Papá y yo te adoptamos porque te quisimos en cuanto te vimos, y seguimos queriéndote muchísimo; mucho más que cuando sólo eras un bebé. Te queremos por lo que eres, y así es también como te quieren tus amigos.
– Ustedes sí, pero… ¿por qué no se quedaron conmigo mis verdaderos padres?
– Eso no lo sé, David. Es una pregunta cuya respuesta desconozco. Existen muchas razones por las que la gente confía a sus hijos recién nacidos a la adopción. Pero de ninguna de ellas es responsable el niño. Lo que importa es que papá y yo estamos muy agradecidos a tus verdaderos padres, aunque no sabemos quiénes fueron, porque te confiaron a nosotros. ¡Eres tan especial para papá y para mí…!
– Creo que tienes razón, mamá – dijo David -. No debería haber hecho caso a esos niños. Además, está muy mal decir esas cosas como las que ellos me dijeron. Ser adoptado es estupendo.
– Creo que lo has comprendido, David –asintió su madre.
¿Conoces a algún niño adoptado?

La historia de Adriana
Adriana tenía ocho años y hasta entonces jamás había pasado varios días fuera de casa. Pero aquel verano iba a estar dos semanas fuera de casa, en un campamento.
El primer día se divirtió mucho. Conoció a las demás niñas y las distribuyeron en tiendas de campaña. Había seis tiendas, cada una con ocho niñas y una señora que las cuidaba. A la tienda de Adriana la llamaron El Pájaro Azul, y la señora que las cuidaba se llamaba Elena.
Elena las ayudó a deshacer la mochila y a arreglar el sitio de cada una, y luego se las llevó a dar una vuelta por los alrededores del campamento. ¡Podrían hacer tantas cosas!: nadar, ir en bote, excursiones, paseos a caballo, trabajos manuales… Adriana estaba emocionadísima.
Aquella noche cenaron al aire libre junto al lago, y después se sentaron alrededor de una fogata y se pusieron a cantar. Una de las monitoras trajo unas cestas de manzanas y una bolsa de azúcar, y al instante cada niña busco una rama en la que metieron la manzana para asarla al fuego. Todas… menos Adriana, que permaneció inmóvil, contemplando las ramas.
Por último, cuando otra niña le ofreció una manzana recién hecha, cubierta de una apetitosa capa de azúcar transformada en caramelo, Adriana la rechazó con un ademán y marchó corriendo a su tienda. Allí se acurrucó en su litera y se echó a llorar. Instantes después Elena entraba en la tienda y tomaba asiento a su lado.
– ¿Qué te pasa, Adriana? – le preguntó.
La niña se enjugó los ojos llenos de lágrimas.
– Soy distinta de las demás niñas – dijo entre sollozos-. Hay algo que no va bien en mí.
Elena alargó la mano y le acarició los cabellos.
– Lo dices porque tienes una enfermedad que se llama diabetes. No puedes tomar azúcar y debes inyectarte todos los días.
Adriana se quedó sorprendida. Alzó la vista para mirar a Elena.
– ¿Cómo lo sabes? – le preguntó.
– Porque tus papás me escribieron una larga carta explicándomelo. Quieren que te diviertas y que no te pierdas todas las cosas que aquí puedes hacer; pero a la vez quieren asegurarse de que estarás bien.
– ¡Oh, sí, estaré bien…! – replicó Adriana – . Pero nunca seré como las otras niñas. No puedo sentarme junto al fuego a asar manzanas con azúcar. Podría enfermarme.
– ¡Pues claro que puedes asarlas! – exclamó Elena riendo – . Lo único que no debes hacer es comértelas. A causa de tu problema, has de ir con mucho cuidado, pero eso no significa que hayas de divertirte menos. ¿Te cuento un secreto?… – le cuchicheó -. Llevo tres veranos viniendo a este campamento, y hasta ahora no he comido ni una sola manzana asada. ¡Las odio!
– ¿Y qué haces con ellas?
– Se las doy a otras niñas – dijo Elena, guiñándole el ojo -. Podrías hacer lo mismo tú también. Y ahora… ¿lista para volver al fuego? – Adriana asintió – . Pues ¡andando!
¡No hay nada malo en ser distinto!

La historia de Jaime
El papá de Jaime intuía que ha su hijo le pasaba algo raro. Jaime tenía ocho años y estaba en segundo grado.
De un tiempo para acá se comportaba de un modo distinto. Así que su papá le preguntó la razón de aquel súbito cambio.
Al principio Jaime no quería decírselo, pero finalmente, como su padre insistía, reconoció que estaba preocupado por algo.
– Papá – le preguntó – , ¿por qué tengo que ser negro, cuando la mayoría de los niños de la escuela son blancos?
– ¡Acabáramos! – dijo su padre – . ¿Te sientes incómodo porque piensas que eres distinto de tus compañeros?
Jaime asintió.
– Bueno… prosiguió su papá -, es cierto que por tu apariencia eres distinto de la mayoría de tus compañeros, Jaime. Pero, si miramos las cosas así, sólo por fuera, todas las personas tenemos algo que nos distingue en cierto modo. Si fuéramos idénticos, ¡menudo trabajo tendrías para distinguir a uno de otro!
Jaime tuvo que reconocer que así era. Y entonces su padre añadió:
– Por eso, puesto que todos somos diferentes por fuera, las diferencias externas no significan nada. Lo que importa es lo que llevas dentro – dijo, señalando su corazón-. Esto sí que cuenta: la clase de personas que eres. Si eres todo lo bueno que puedes ser, ¡magnífico! Ya se nos puede ver distintos, que por dentro estamos todos cortados por el mismo patrón. Sentimos lo mismo, deseamos las mismas cosas… Queremos ser felices con aquellos que estimamos. Ahí está lo que realmente cuenta.
– ¿Quieres decir que ser negro no importa, papá?
– Ni pizca – respondió su padre – . es sólo un rasgo externo, como el ser rubio o pelirrojo, como el tener ojos azules o castaños. No pasa nada porque no nos parezcamos de aspecto, ya que nuestro interior es idéntico.
Seguro que conoces gente que es diferente en apariencia, pero, ¿se te ocurren más cosas que nos hacen a todos semejantes por dentro?

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2 comentarios en “Cuentos cortos con mensajes positivos para los estudiantes de primaria

  1. Olga Espinoza dijo:

    Muy lindas las historias, acordes a las situaciones que viven nuestros niños en la actualidad. Como padres en algún momento hemos vivido alguna de estas situaciones y es muy importante el apoyo que podamos brindarles en forma positiva.,

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